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Turing cambió la pregunta "¿puede una máquina pensar?" por "¿puede comportarse como si pensara?". Una reflexión sobre la curiosidad gratuita como lo último que todavía nos distingue de la inteligencia artificial.

¿Puede una máquina comportarse como si pensara? Con esa pregunta, Alan Turing desplazó el diálogo sobre la inteligencia artificial: ya no importaba si una máquina "es" capaz de pensar, sino si puede comportarse como si lo hiciera. En esta nota, el profesor Nicolás Sosa retoma ese giro para preguntarse qué nos queda a los humanos cuando las máquinas aprenden a imitarnos cada vez mejor.
El artículo sostiene que lo que todavía distingue a la inteligencia humana de la artificial no es la capacidad de cálculo, sino un impulso gratuito de saber: la curiosidad que no busca una utilidad inmediata, sino el simple placer de explorar y crear. Con el eco de Funes el memorioso de Borges, advierte sobre el riesgo inverso: mientras las máquinas aprenden a parecer humanas, nosotros corremos el riesgo de automatizarnos hasta parecer máquinas, viviendo en sistemas cada vez más regidos por parámetros.
Una invitación a pensar qué parte de lo humano vale la pena defender frente al avance de la inteligencia artificial.

